• 08 Dic 2017

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Myrian González Vera

Agosto 2016

La Virgen Inmaculada Concepción, más conocida como la Virgen de los Milagros de Caacupé es la patrona del Paraguay para la población católica, siendo el día de su celebración el 8 de diciembre que es feriado nacional desde hace muchísimo tiempo. Se cree que su existencia data de los tiempos de los franciscanos en el Paraguay en el siglo XVII. Las festividades que se realizan en torno a esta celebración empiezan mucho antes del 8 de diciembre, con el inicio del novenario y finaliza el 8 con la misa central con la participación de más de un millón de paraguayos y paraguayas[1] y culmina alrededor del 15 de diciembre, cuando se celebra otra misa principal que comúnmente se denomina “la octava”[2].

Dos motivos me impulsan a escribir este artículo. Uno es porque esta festividad religiosa forma parte de la cultura de la mayoría de la población paraguaya  -que declara ser católica-,  que proviene de tiempos de la colonia cuando los grupos religiosos europeos llegaron a estas tierras para evangelizar a los pueblos nativos; y  lo segundo porque la influencia de la Iglesia Católica en el gobierno nacional históricamente ha sido relevante, tanto en situaciones de disconformidad con el régimen imperante, como para utilizar su predominio con el fin de impedir acciones políticas referidas a la construcción de una sociedad plural y diversa que respeta las diferencias y la igualdad de género (por ejemplo, sobre temas como la sexualidad, la orientación sexual, el aborto, entre otros).  Es decir, la religión, principalmente la de la Iglesia Católica, siempre ha tenido un rol preponderante en la vida social y política de la población paraguaya aun cuando ello provoque en diversos grupos de la sociedad confrontaciones o contradicciones referidas a ciertos temas que podrían aportar a la construcción de una sociedad más democrática, plural y justa.

Cultura y religión

La manifestación del 8 de diciembre y el culto a la Virgen de Caacupé forma parte de la cultura paraguaya que se expresa en un acto religioso, un rito repetido a lo largo del tiempo y donde se hace palpable el sentir de una parte importante de la población paraguaya. Cuando me refiero a cultura y religión tomo la definición de Clifford Geertz para quien la religión es parte de un sistema cultural  pues es  “1) una situación de símbolos que obra para 2) establecer vigorosos, penetrantes y duraderos estados anímicos y motivaciones en los hombres 3) formulando conceptos de un orden general de existencia y 4) revistiendo estas concepciones con una aureola de efectividad tal que 5) los estados anímicos y motivaciones parezcan de un realismo único” (1973: 89).

Con respecto a la religiosidad popular paraguaya, el antropólogo jesuita español Bartomeu Melià que vive hace muchos años en el Paraguay afirma que,  a diferencia de lo que señalan estudiosos del tema de que “la religiosidad en lo que tiene de supersticioso, de caótico, de confuso y de ambiguo, de simple y emocional, de mágico y fetichista, es la pervivencia de raíces indígenas mal cortadas o insuficientemente transformadas […] ello no se debe en ninguna manera a una pervivencia de un sistema religioso autóctono, sino al transplante de formas de cultura religiosa demasiado ligadas a la dominación colonial, que el pueblo nunca ha podido integrar y que ha rechazado como amenaza a su propia identidad. En otras palabras, se dan en la religiosidad paraguaya, las tremendas ambiguas marcas de la dominación colonial desintegradora de pueblos, pero al mismo tiempo la continuidad de un pueblo que quiere ser, y que en la religión, en sus creencias y ceremonias rituales, sabe que podrá afirmar su modo de ser humano y cristiano” (1988: 160).

Es en este contexto cultural dentro del cual describe Meliá que la celebración ritual del 8 de diciembre en Paraguay se comprende, ya que la aparición de la Virgen Inmaculada está ligada a la leyenda sobre un indio cristianizado por los colonizadores, quien ante una amenaza de peligro a su vida, talla en madera una imagen de la virgen estando en el monte, escondido por quienes intentaban cazarlo y darle muerte. Surge así, sobre la base de esta leyenda, la creencia de que esta Virgen es proveedora de milagros de distinta índole.

 

El día de la festividad popular religiosa en Paraguay: 8 de diciembre

El Paraguay tiene actualmente aproximadamente 7 millones de habitantes y acuden a Caacupé cada 8 de diciembre alrededor de 1,5 millones de personas. Según los censos poblacionales, cerca del 90% de la población paraguaya profesa la religión católica, que es una de las cinco ‘religiones mundiales’ o “sistemas religiosamente determinados de ordenamiento de la vida que han logrado captar multitudes de fieles” (Weber, 1999: 3).   También ello da cuenta de por qué una conmemoración religiosa logra mantenerse en el tiempo como feriado nacional, a pesar de que ya en 1992, con la nueva Constitución Nacional, se establece que el Paraguay es una república que reconoce la libertad religiosa y que “ninguna confesión tendrá carácter oficial” aunque a la vez afirma que “las relaciones del Estado con la iglesia católica se basan en la independencia, cooperación y autonomía” (artículo 24) y además, en su preámbulo invoca a Dios. No obstante, de todo el contenido de esta carta magna se desprende que el Paraguay es un Estado laico, lo que se refuerza en la modificación referida a la constitución anterior de 1967 en la que se establecía que para ser presidente de la República la persona elegida debía “profesar la religión católica, apostólica, romana”[3] (artículo 172).

 

La ritualidad del 8 de diciembre: Peregrinación, símbolos y milagros

La fiesta del 8 de diciembre contiene varios ritos. El principal es la peregrinación de los fieles, muchos de ellos ataviados con vestimentas similares a la de la Virgencita Azul, tal como se la llama popularmente a la Virgen de Caacupé. Hombres y mujeres junto con sus hijos e hijas de distintas edades (aunque lo más llamativo son los niños y niñas que portan en sus cabezas una corona parecida a la de la Virgen junto con la capa azul). La distancia que se camina es muy variada y los peregrinos vienen de todos los puntos del país; la peregrinación podría ser de 12 o 100 kilómetros, según haya sido establecido por el “promesero” en su pedido de milagro a la Virgen. Promesera se llama a la persona que, ante ciertos avatares de la vida, pide a la Virgen de Caacupé que le conceda un milagro. Éste puede referirse a conseguir un empleo, sanar de una enfermedad, aprobar los cursos escolares (especialmente los de nivel secundario y universitario),  casarse, tener hijos, entre otros motivos personales diversos. Es así que la promesa consiste en visitar a la Virgen y cumplir la promesa de ofrecer su sacrificio para la obtención del milagro solicitado; es decir el promesero o promesera apela a lo  que Weber llamó ‘promesas de compensación’ que consiste en “la posibilidad de apelar a esperanzas de una mejor vida para el individuo en el futuro de este mundo (reino mesiánico) o en el más allá (paraíso)” (1999: 13).

Pero no sólo de promeseros y promeseras está constituida la multitud que acude a Caacupé en los días próximos (anteriores y posteriores) al 8 de diciembre. Están también quienes lo hacen para reafirmar su compromiso de cristiandad y catolicidad año tras año, lo que convierte a la conmemoración en un acto multitudinario de religiosidad popular, que forma parte de la identidad de la mayor parte de la población paraguaya.

Otra forma de ofrecer un sacrificio humano a la Virgen a cambio de favores (el milagro) es que la persona promesera camine largos trechos con una pesada cruz sobre los hombros; es la creencia de que a mayor sufrimiento físico más alta es la posibilidad de acceder al milagro pedido; este sufrimiento generalmente se acrecienta con el clima, que tiene temperaturas de calor muy elevadas en esa época del año y probablemente exista una creencia de expiación de culpas a través de doblegar el cuerpo de manera que triunfe en el ser humano la espiritualidad necesaria para ser acreedora del milagro. Esta actitud humana es explicada por Weber cuando afirma que “la interpretación religiosa del sufrimiento, como signo de antipatía frente a los dioses y como señal de culpa secreta ha satisfecho, desde el punto de vista psicológico, una generalizada necesidad” (1999: 8).

“Las creencias pueden estudiarse, como otros aspectos de la cultura, por medio de la observación y de la argumentación posterior que conduzcan al establecimiento de tesis” decía Gómez Pellón basándose en el pensamiento teórico de Emile Durkheim. En ese sentido, la creencia de que un ser sobrehumano –que en este caso se configura y corporiza en una virgen católica– puede conceder deseos demuestra que la racionalidad es ajena a la expresión de las personas que se aferran a una religión determinada y alojan en ella la solución de situaciones problemáticas que “humanamente” no podrían ser alcanzadas.

 

La homilía central de la misa del 8 de diciembre como desafío o aprobación al poder político

Como seguramente otras, la celebración del 8 de diciembre es un acto religioso y político, especialmente la misa central, pues ya como tradición, la homilía se convierte en el discurso político que indica la calificación de la Iglesia Católica hacia el gobierno. La expectativa que se genera desde mucho antes del 8 de diciembre es alta, pues la gente se pregunta qué mensajes ofrecerán las autoridades eclesiales a las autoridades políticas. Aquí cabe aclarar que la presencia del presidente de la República en la misa central del 8 de diciembre forma también parte del rito.

En la mañana del 8 de diciembre, con las centenas de miles de promeseros y promeseras que llegan para la misa central, la plaza de la Basílica de Caacupé está inundada de colores, de velas, de flores y se da inicio al acto con el plato fuerte que es la homilía o discurso eclesial y a la vez eminentemente político. En general se refiere a cómo está el país y se refuerzan los hechos que marcaron el calendario del año. Casi siempre es de exigencias a las autoridades gubernamentales respecto a sus obligaciones; así se puede hablar de la falta de justicia, la pobreza y la corrupción política, ante la presencia de numerosas autoridades del más alto rango, incluido el presidente de la República. Allí es donde la influencia de la Iglesia Católica en los asuntos de Estado cobran su mayor fuerza, en tanto los feligreses acompañan con aplausos y vítores la calificación que se les da a quienes son representantes del pueblo.

Creo que la gente que está presente siente que es ése el lugar y el momento en que la población se ve fortalecida y representada por la Iglesia Católica a la que le concede el poder de su propia contraloría ciudadana. Es como que traslada su deber ciudadano en una entidad que, si hablamos en términos de modernidad debería ser parte de la vida privada de la gente. Pero ello no ocurre en el Paraguay. Son como vestigios de épocas históricas donde la religión era la que tenía el poder sobre la vida y obra de las personas.  Cuando se refiere al pensamiento evolucionario del siglo XIX ,  Talad Assa dice que  “la religión era considerada como la primera cuestión humana a partir de la cual el derecho, la ciencia y la política modernos emergieron y se separaron”[4] (2011: 261). Asad afirma que “la separación entre religión y poder es una norma occidental moderna, producto de la una singular historia pos-Reforma” (2011: 264). Es decir, se parte  de la idea de que la Modernidad estableció esa separación entre Iglesia y Estado; sin embargo, el posicionamiento de la gente que acude a Caacupé y aplaude el discurso político de la Iglesia Católica corresponde más a una actitud decimonónica que muestra un fuerte lazo entre religión y el poder y político, antes que la imagen de un Estado alejado de la influencia eclesial.

Sin embargo, este posicionamiento ciudadano es sólo en ese ámbito y en ese lugar, ya que  la reflexión política que presenta la Iglesia cada 8 de diciembre no produce un cambio en el comportamiento cívico de la población, pues si bien se genera durante varios días un debate de críticas hacia las autoridades gobernantes, esta actitud de calificación al gobierno se diluye con el paso del tiempo y llegadas las elecciones, sean de nivel local (elecciones municipales, de intendencias y concejalías) o nacional (presidencia, parlamento y gobernaciones), gran parte de esa misma gente que demandaba –a través de su apoyo al discurso/homilía de la Iglesia Católica, el cumplimiento del gobierno de brindar a sus habitantes mejores condiciones de vida, de trabajo,  y de respeto a los derechos humanos en general– apuesta nuevamente a elegir a los mismos partidos políticos que, estando en el gobierno, les dio las espaldas; es decir, el aplazo que le da la Iglesia a las autoridades de turno no les genera consecuencias negativas en las siguientes elecciones.

Para comprender esta aparente contradicción del comportamiento humano es posible recurrir a la dicotomía de lo sagrado y lo profano, que aporta Durkheim cuando se refiere a la religión y el mundo; dice este pensador de finales del siglo XIX que “lo que es característico del fenómeno religioso, es el hecho de que siempre supone una división bipartita del universo conocido y cognoscible en dos géneros que comprende todo cuanto existe, pero que se excluyen mutuamente […] Las creencias religiosas son representaciones que expresan la naturaleza de las cosas sagradas y las relaciones que mantiene, sea unas con otras, sea con las cosas profanas”[5].

Más allá de que cada cultura guarde tradiciones entre lo sagrado y lo profano),  existe aún en el Paraguay una fuerte relación entre Estado e Iglesia donde ésta (la Católica) se siente con el poder de demandar al Estado y lo confronta y califica. Ciertamente, estamos en el Siglo XIX, pero aún quedan fuertes vestigios del gran poder de la religión sobre la gente que se aferra a las creencias y a la fe para soportar las injusticias sociales y políticas cotidianas. Y es en este contexto en que se da un traspaso del poder ciudadano (de forma no voluntaria, quizá inconsciente) a la religión, aun cuando se sabe que sólo servirá para “expiar” las propias culpas de no poder ejercer una ciudadanía activa donde es la población la que demanda y reclamas sus derechos al Estado.

Las creencias religiosas y la fe forman una base sólida en gran parte de la población paraguaya, especialmente aquella de sectores populares, pues ante las adversidades que se les presenta se aferran a la religión como su tabla de salvación. Parecería que es más fácil respaldarse en la fe, en la religión, a la espera de los milagros, que la de ejercer su ciudadanía activa demandando sus derechos ante el Estado.  Las religiones, principalmente la Católica Apostólica Romana, son receptáculos de las personas que necesitan de aferrarse a la fe como base de su vida privada y que, en determinados momentos, tiene una importante influencia en su posicionamiento público ante el Estado, pero esta influencia es apenas como una estrella fugaz.

En este contexto cabe bien la idea de que en realidad continúa habiendo una extensión del poder y la influencia de la religión en términos feudales (aunque sin el éxito de esos tiempos, sino más bien como para sostenerse en esta época moderna y post moderna)  y además, porque en el Paraguay todavía es lento el proceso del “progreso de la sociedad” que ya en el siglo XVIII Augusto Comte describía cuando indicaba que todas las sociedades humanas atraviesan “una sucesión de etapas: […] en la primera de ellas, en la teológica, se desarrollan las creencias y la religión. Posteriormente, esta fase será superada por la metafísica, y finalmente, ésta lo será por la ciencia” (Gómez Pellón: 2).

 

[1] Actualmente la población paraguaya asciende a aproximadamente 7 millones de paraguayos/as.

[2] Se refiere a que es la misa que se realiza exactamente una semana después de la fecha de celebración.

[3] Actualmente éste ya no es requisito para las candidaturas a la presidencia y vicepresidencia de la República.

[4] Traducción mía del portugués. Este artículo fue traducido al portugués por Bruno Reinhardt y Eduardo Dullo.

[5] Esta cita es realizada por José Antonio Pastor Cruz, en su artículo “Acerca de Émile Durkheim”.