• 24 Sep 2015

Clyde Soto

Soy egresada de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), de la Facultad de Filosofía. Egresé en 1988, cuando los estertores finales de la dictadura stronista, la que creímos se iba en 1989, aunque pronto nos dimos cuenta de que tenía muchos vástagos ocupando todos los espacios institucionales del Paraguay, bien alimentados y fuertes, que además seguirían dando retoños hasta ahora, en 2015, 26 años después.

En mis tiempos estudiantiles, la UNA libraba una permanente batalla en contra del copamiento stronista: estaban los esbirros del régimen, empotrados en todos los espacios directivos universitarios y en varios de los centros estudiantiles, y estábamos quienes hacíamos oposición antidictatorial, en algunas facultades con la directiva de los centros, mientras que en otras la peleábamos. En Filosofía UNA los stronistas perdieron el centro de estudiantes recién luego de iniciado el proceso de transición, ese que nunca sabemos si en realidad se acabó, porque siempre estamos bajo la amenaza dictatorial de tan larga data.

Todavía recuerdo haber estado en mi primera asamblea universitaria, en el primer curso, en 1984, presenciando una dura batalla entre dos sectores de la misma raigambre colorada (stronistas vs. tradicionalistas), donde llegaron a apagar las luces del recinto de Filosofía UNA y a meter una moto rugiente a la asamblea por la famosa rampa del local universitario. Yo, espantada. Luego formamos nuestro movimiento estudiantil independiente, desmarcado del stronismo y de otros colorados y partidos, con el Frente Autónomo de Filosofía (FAF), desde donde nos unimos a la lucha antidictatorial con compañeras/os de otras facultades. Perdimos varias elecciones, hasta que en el 88 las ganamos, pero con represiones que afectaron a varios estudiantes, porque el stronismo tenía en Filosofía UNA uno de sus bastiones y no estaba dispuesto a perderlo. También recuerdo al equipo administrativo de la facultad, dominado por stronistas, que nos pyragüereaban todo el tiempo. Y recuerdo a profesores que jugaban del mismo lado en esa corruptela generalizada. Pero, sobre todo, recuerdo con el más gran aprecio a otros, que desafiaban a la mediocridad y nos apoyaban en esa desigual lucha estudiantil en contra de la barbarie autoritaria.

Durante el ya largo tiempo pasado desde mi egreso universitario, he seguido siempre con atención las luchas estudiantiles, las tomas de los recintos, tanto en la UNA como en la Universidad Católica, los amedrentamientos y las represiones, los procesamientos a estudiantes. Siempre igual. Siempre esas luchas ahogadas con los mismos mecanismos. Nunca se fueron los stronistas que asfixiaron a este país en su mediocre autoritarismo y en su corruptela. No solo no se fueron de la UNA, dejaron sus herederos en todas partes.

Herederos que fueron usando todas las armas dictatoriales para aferrarse a sus espacios, para seguir controlando el poder político hasta ahora: desde las estafas electorales, pasando por el control militar, por las represiones policiales, por el uso del sistema judicial para perseguir a oponentes, hasta las masacres, como sucedió en el Marzo Paraguayo de 1999 y en Marina Kue en 2012, e incluso un golpe de Estado, disfrazado ya de institucionalidad democrática. Son herederos que no solo están en el partido que sostuvo a la dictadura, el Colorado, sino que además habitan en otros espacios, hasta entre quienes se consideran opositores e incluso entre quienes brevemente desafiaron al dominio colorado, porque en realidad el stronismo es sinónimo de un autoritarismo que está en las mentalidades y en las prácticas sociales y políticas. Un autoritarismo que convirtió en golpistas hasta a algunos de los más pintados luchadores antidictatoriales: que vimos reflotar más allá de los colores.

Por todo esto es que me pone tan contenta la expresión del dirigente estudiantil Sandino Flecha cuando dijo que estamos ante una gran batalla en contra del modelo stronista en la UNA. Se trata de no admitirle la corrupción a Froilán Peralta –el Rector de quien se pide renuncia o destitución, por nombramientos corruptos hechos públicos por los medios– y, además, de cambiar un modelo agotado que está fundiendo al país, que viene de hace mucho y que sigue lamentablemente floreciente, de múltiples formas. Florece porque seguimos permitiéndolo al no confrontarlo de manera radical; se actualiza en los votos de quienes prefieren seguir apostando a sus colores partidarios pese al daño que desde estos partidos se hace al país, en las réplicas autoritarias que dominan el quehacer político, en el silencio ante las injusticias, en la corruptela infinita de cada día, en las negociaciones complacientes con los corruptos.

Así que una vez más, tengo esperanzas, y de nuevo quiero que persista hasta que caiga el modelo del viejo autoritarismo que asfixia al Paraguay. Sin concesiones, sin disculpas, sin reciclajes indignos, sin treguas. ¡Vamos el estudiantado!

 

Estudiantes No están solos


  • 07 Sep 2015

por Clyde Soto y Rocco Carbone

Hace falta observar detenidamente el proceso judicial al caso Curuguaty para entender lo que está pasando. El caso Curuguaty condensa la historia política del Paraguay, su coloniaje, su modelo económico dependiente y concentrador de las riquezas, su política corrupta, su matriz autoritaria. Es un caso que habla con detalles sobre el principal problema del país, el de las tierras concentradas y malhabidas, a costa de la expulsión del campesinado dedicado a la agricultura a escala humana (no la sojera y agroexportadora). Y su proceso judicial, el que está siendo desarrollado, dice todo sobre cómo funciona el sistema de (in)justicia en Paraguay.

Primero: dice sobre el uso del sistema penal de manera perversa, para perseguir a quienes molestan, sin que importen en absoluto culpabilidades o inocencias. El proceso al caso Curuguaty fue armado porque así convenía a quienes idearon la masacre de Marina Kue y su desenlace político. Necesitaban culpables, y los campesinos y campesinas presentes en el lugar de la masacre (o apenas con nombres borrosos en una lista anotada a lápiz en un cuaderno que se cayó al agua y se perdió, por lo que ya ni siquiera existe como supuesta prueba) eran las víctimas propicias. Esto que pasa con ellos, es un patrón de actuación estatal en Paraguay que funciona siempre de la misma manera: a quien molesta –o si conviene a alguien con poder– se le manda a proceso penal para taparle la boca. Y el sistema de (in)justicia no hace nada para evitarlo. No hace nada porque es cómplice y operador; porque ideológica/sicológicamente responde a una articulación social en la que el campesinado está situado fuera de los márgenes ciudadanos: si te despojo o te niego tu ciudadanía o tu humanidad, puedo hacerte lo que quiero; sobre todo si soy el poder. Lo mismo pasa con el mundo indígena: basta ver el degrado del Instituto Paraguayo del Indígena para entender esto que señalamos. Entonces: la matriz del sistema judicial paraguayo es un sistema de injusticia, pues la justicia vale sólo para algunos. Ahí está una marca nítida del autoritarismo de “antaño”. En Paraguay el poder del Estado aún no se ha democratizado. No hay políticas públicas centradas en los derechos sino en los privilegios. El Estado –sobre todo, pero no solamente, cuando es operado por gobiernos colorados– no es una máquina para servir sino una máquina para matar: real o simbólicamente.

Segundo: este proceso muestra cómo el sistema judicial está preso de un conjunto de actores que van cambiando de roles para asegurar la impunidad y la injusticia, en vinculación con intereses políticos. Y aquí recordemos a Jalil Rachid, fiscal de la causa, hijo de uno de los máximos dirigentes del Partido Colorado y con cercanía a otro líder del mismo partido, Blas N. Riquelme, ya fallecido, dueño de la empresa Campos Morombí –la que usurpa y pretende quedarse con las tierras de Marina Kue, donde ocurrió la masacre que da origen al caso Curuguaty–. Nunca se aceptó su recusación como responsable de investigar la masacre de Marina Kue. Y también recordemos a José Dolores Benítez, el primer juez de garantías que debía decidir si mandaba o no a juicio a lxs campesinxs, quien fue apartado de la causa debido a que ya antes tomó parte en el proceso que permitió la usurpación de Marina Kue. Es decir, fue uno de los que tejió el ropaje legal para que Campos Morombí se apropie indebidamente de las tierras donde ocurrió la masacre. Para terminar su obra, entró luego al ruedo como juez de garantías, y fue suplantado por Janine Ríos, jueza que simplemente se dedicó a concluir el trabajo iniciado por (José) Dolores: en octubre de 2013 envió la causa en contra de los campesinos a juicio oral y público.

Como piezas de ajedrez, entran al campo de juego diferentes actores con cargos judiciales que aseguran la injusticia. El tribunal que juzga el caso Curuguaty está constituido por Ramón Trinidad Zelaya, Samuel Silvero y Benito Ramón González. Vaya casualidad: dos de ellos, junto con Arminda Alfonso, quien es suplente para el juicio actual, integraron el tribunal que en 2014 condenó a Rubén Villalba a siete años de prisión, en otro proceso injusto y arbitrario, cuyo objetivo fue dejar a Villalba en Tacumbú, como sigue hasta ahora mientras se le juzga por el caso Curuguaty. Cuatro de sus compañeros obtuvieron arresto domiciliario luego de una huelga de hambre de dos meses, pero a Rubén lo llevaron de vuelta a Tacumbú y le resucitaron una causa dormida, llevada de manera exprés por los jueces mencionados. En fin: lo exprés en Paraguay para ciertos acontecimientos es una constante: golpe exprés, causa exprés. Pero: Curuguaty no exprés.

Hay más: una de las juezas que constituyó el tribunal de apelación que denegó la primera recusación al tribunal de Curuguaty (interpuesta por el abogado Víctor Azuaga) fue Silvia Cuevas Ovelar, también recusada –recusación también denegada– por haber sido parte de la orden de arrasamiento de la comunidad indígena Y’apo, en mayo de 2014, para favorecer a otra empresa privada (Laguna S.A.) que se apropió del territorio ancestral del pueblo Ava Guaraní. ¿No es por lo menos sospechoso que jueguen los mismos actores en el despojo de las tierras y en la criminalización y expulsión de campesinos e indígenas de sus tierras? Es sospechoso: sí. Y por eso hay un patrón. Subjetividades que funcionan sistemáticamente frente a escenarios parecidos y que tienen libretos confeccionados que en realidad son manuales de operaciones.

Y más: una nueva recusación al tribunal, esta vez del abogado Pablo Aguayo, fue rechazada con velocidad exprés, apenas en horas, por un tribunal de apelación constituido en tiempo récord e integrado por Carlos Domínguez, Guillermo Zillich y María Belén Agüero. Pues bien, el juez Guillermo Zillich ya había actuado en la causa al caso Curuguaty desde el mismo 15 de junio de 2012, día de la matanza, como agente fiscal coadyuvante de la entonces fiscala Ninfa Aguilar. Ésta fue responsable de la orden de allanamiento que dio origen a la masacre de Marina Kue y, además, la primera fiscala encargada de la investigación, luego apartada de la causa y remplazada por Jalil Rachid. Zillich, obviamente, niega que el haber sido antes acusador le inhabilite hoy como juez (ver hoy: http://www.ultimahora.com/zillich-alega-que-no-tiene-causales-inhibicion-n928264.html).

Es un vaivén: aparecen las mismas piezas, pero no siempre las reconocemos, porque cambian de posición. Se borran como peones y al rato vuelven como alfiles. Pero siempre apuntan a lo mismo: a favor de quienes usurpan tierras y en contra de las personas pobres sometidas de manera arbitraria a procesos penales. Apuntan hacia la injusticia. Lo que decíamos antes: ideológica/sicológicamente responden a una articulación social en la que el campesinado está situado fuera de los márgenes ciudadanos.

Tercero: el proceso al caso Curuguaty muestra al sistema de (in)justicia como una herramienta de dominación cultural y política, heredera del coloniaje del que es fruto el Paraguay. Por eso el juicio es en castellano, por eso no se cumple la ley de procedimientos penales asignando un intérprete. Por eso el juez Ramón Trinidad Zelaya, presidente del Tribunal, minimizó el problema que representa para campesinos paraguayos ser juzgados en castellano y pretendió que continúe el juicio por no considerar grave la falta procesal. Por eso dos de los medios de comunicación empresariales (ABC y Última Hora) calificaron de simple “chicana” la solicitud de que se cumpla la disposición del propio juez –a solicitud de la defensa– sobre la inclusión de intérpretes en el juicio. Que el juicio se realice en guaraní es un derecho fundamental básico: expresa el derecho a entender de qué se te acusa y a defenderte de esas acusaciones. De todos modos, aunque el juicio se realizara el guaraní no garantizaría de por sí otra cosa, totalmente central: que el Derecho, dentro de sí mismo, tiene cifrada una posición de clase e ideológica de esos mismos sectores –o sus herederos por asimilación y aculturación– que vienen perjudicando al campesinado paraguayo, desde antes de la propia constitución del Paraguay como país independiente. Que son los mismos sectores que se atribuyen el derecho a decodificar el Derecho –porque finalmente lo escribieron–, que es interpretarlo.

El proceso judicial al caso Curuguaty se suspende reiteradamente –siete veces hasta la fecha– porque hay gente –campesina, ciudadana– que resiste ante la emboscada de la injusticia: que no se resigna a ser condenada desde la lógica de la arbitrariedad.

 

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