Desde las identidades de fe, las tradiciones espirituales y las organizaciones defensoras de derechos humanos reunidas en Asunción, afirmamos con convicción que la fe y los derechos humanos no son caminos opuestos, sino una alianza viva en favor de la dignidad humana y la democracia en nuestra región.
En un tiempo marcado por profundas transformaciones globales y locales, reafirmamos nuestro compromiso histórico con la construcción de sociedades libres, equitativas y justas. Mediante la memoria histórica reconocemos el camino recorrido desde la resistencia a las dictaduras y autoritarismos hasta los desafíos democráticos del presente. Las comunidades de fe y los movimientos sociales han sido, son y seguirán siendo voces de denuncia activa frente a los atropellos, persecuciones y represiones que vulneran los derechos de nuestros pueblos, en especial de los Pueblos Indígenas, comunidades LGBTQ+, movimientos feministas y de mujeres que defienden la igualdad de género, las comunidades locales y sectores históricamente invisibilizados.
Observamos con profunda preocupación el avance de discursos de odio, narrativas fundamentalistas de ultraderecha, la desinformación, la manipulación y el miedo como herramientas políticas para debilitar la institucionalidad democrática y retroceder en los derechos conquistados. Frente al mal uso, lo que llamamos la instrumentalización de la religión, para justificar la exclusión, la violencia o la discriminación, proclamamos una fe que cree y defiende la justicia social, el amor al prójimo sin discriminaciones ni juzgamientos y la defensa de los derechos humanos para todas las personas.
Rechazamos firmemente todas las formas de violencia que destruyen la convivencia democrática y el tejido social. Asumimos el compromiso inquebrantable con una cultura de paz, la no violencia activa y el diálogo interreligioso y ecuménico como herramientas de transformación ética y política capaces de tejer alianzas amplias en favor del bien común y las garantías fundamentales.
Hacemos un llamado urgente a las comunidades de fe, movimientos laicos, organizaciones de la sociedad civil y a los Estados a blindar la democracia mediante la solidaridad, la transparencia y el compromiso ético. Reafirmamos que creer es defender. Desde la pluralidad de nuestras espiritualidades e identidades, nos comprometemos a seguir caminando juntos y juntas para garantizar que la fe siga siendo una fuerza transformadora al servicio de la paz, la democracia y la dignidad de todas las personas.